Segundo tomo de la trilogía 'Escalera al cielo', cuya primera parte se comenta en la entrada inmediatamente anterior a esta.
Félix Gracia, después de exponer su gradación de ascenso espiritual desde el estado condicionado del alma a la consciencia, expone aquí su exégesis, en un tono mucho más cristiano pero moderno, con aclaraciones en cierto sentido críticas con la hermenéutica tradicional de la Iglesia.
A lo largo de sus páginas va dilucidando el significado, según él, oculto de los evangelios, mientras que —en la línea de muchos autores new age— establece paralelismos con otras religiones, especialmente con el texto Bhagavad Gita hindú, en una suerte de participación sui generis del movimiento tradicionalista de la filosofía perenne de Huxley, Guénon y compañía.El resultado es un libro que sigue las directrices de muchos de sus contemporáneos del contexto new age; es decir, una relectura de la religión tradicional desde una óptica moderna, incluyendo elementos de las ciencias actuales —un poco recogidas fragmentariamente a interés del autor— y holística, en tanto que se desvincula del dogma para universalizar la experiencia epifánica, accesible a todos.
Fragmentos:
"Es necesario además de compartir, hacerlo sin perder lo compartido. Especialísima función para cuyo cumplimiento se requiere haber descubierto previamente que el otro y tú sois el mismo; que no hay dos, sino uno; que sólo hay un alma y un cuerpo. Que todo lo manifestado pertenece al Uno indivisible; que todo es mío y tuyo a la vez, porque tú y yo somos el mismo. Por eso, al transmitir un bien no puedo perderlo. Tan sólo traspaso al otro la experiencia directa o uso del bien, que antes realizó mi personalidad. Todo es mío, lo tenga yo o lo tenga el otro. Porque el otro también soy yo.
Compartir con esta conciencia abre en verdad la puerta a la abundancia. Tú no te reduces ni pierdes al dar, y el otro percibirá tu sutil mensaje de totalidad al recibir. Así se abre la puerta a la abundancia."
"En efecto. En páginas anteriores he mencionado dos categorías de acciones de las comúnmente realizadas por los hombres: las llamadas de “bondad” y de “maldad” respectivamente, y que no requieren ser comentadas por cuanto es fácilmente deducible a qué tipo de actividades se refieren. Pero existe otra categoría de actividades muy común, aunque menos advertida por los hombres, de sorprendentes efectos: es la que se refiere a las acciones “ignorantes”, llamadas así porque perteneciendo por su naturaleza a las acciones de “bondad” y conteniendo en sí mismas la capacidad de generar el “bien”, no consiguen sin embargo su objetivo porque son realizadas desde una inadecuada conciencia.
Las acciones “ignorantes” constituyen el grueso de la actividad de numerosas personas bienintencionadas, movidas por un loable impulso humanitario cuyos esfuerzos, sin embargo, apenas mitigan el “mal” presente y refuerzan en cambio las causas que lo originan. Ellas no lo saben —por supuesto— y su noble intención es otra; pero el resultado que ellas no ven de sus acciones, es que se acentúa el mismo “mal” que querían evitar.
A este grupo de acciones llamadas “ignorantes”, pertenece la caridad comúnmente practicada, basada en compartir lo tuyo con el que no tiene con la implícita intención de erradicar la pobreza y el sufrimiento..."
"La pobreza, como la enfermedad, es una simple consecuencia derivada de una actitud y no puede remediarse actuando directamente sobre ella —como tampoco puede curarse una enfermedad actuando sobre el síntoma—, sino sobre la causa que la origina. Por eso, en la respuesta de Jesús está implícita la noticia de que es prioritario atender al Hijo de Dios, antes que a cualquier circunstancia de la vida; es decir, vivir en el nombre del Hijo o con la voluntad orientada hacia su realización, porque de dicha actitud se deriva el Reino de los Cielos, que es la plenitud y la abundancia.
Con este gesto no excluye la ayuda a los demás —insistentemente recomendada por otra parte, como cuando dijo: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis”—, con cuya expresión señalaba a los demás como referencia de Dios y por tanto receptores de la devoción dirigida a Él—, sino que establece cuál ha de ser la única motivación al obrar, ya sea en actividades normales de la vida cotidiana o en ayudas al necesitado. Da igual, pues en todos los casos el íntimo objetivo ha de ser la realización del Hijo de Dios.
Este matiz, que trasciende la simple acción para penetrar en cambio en la intención que la anima, pone de relieve que lo que marca el progreso en el camino de realización no son las acciones en sí ni su intrínseca naturaleza, sino la conciencia que ilumina al practicante, quien podría incluso incurrir en una dinámica generadora de efectos contrarios a los buscados cuando aquella no es la adecuada."
"igualmente Jesús que una manifestación del “mal”, no sólo hacía evidente a éste, sino que anunciaba a la vez el “bien” que tras él se ocultaba, de la misma manera que una cara de la moneda anuncia indefectiblemente la otra.
Y, finalmente, Jesús conocía la Ley que a ambas controla, y sabía que para que las acciones de bondad pudieran manifestarse, era necesario responder con ellas mismas ante la manifestación del “mal”. En verdad, la agresión presente es el anuncio de la bondad que pide nacer y, por ello, la oportunidad de hacerla real en la vida.
Así pues, aquel: “No resistáis al malo, sino poned en cambio la otra mejilla”, no representa una actitud humillante ni aun pasiva, sino la manera de establecer el “bien” sobre la Tierra. Quien así actúa no se humilla ni repara imperfecciones personales, sino que contribuye con su gesto a la elevada función de establecer el Reino de Dios entre los hombres.
A lo largo de nuestra personal historia hemos conocido y practicado diferentes tipos de respuestas ante el recibo de una agresión. La primera de ellas, indicativa de nuestro más bajo nivel de conciencia, consistió en responder con nuestra defensa. De este modo, repelíamos una agresión con otra, ignorando las consecuencias de tan aparentemente justo proceder."
"“cuentas pendientes” con alguien, pues esa desarmonizada relación muestra externamente una desarmonía interna, una falta de afinamiento que impide la sintonización con Dios o su encuentro. Por ello, si deseas elevarte o presentar tu ofrenda, debes saber que para poderlo llevar a cabo es imprescindible la armonía interna que hace posible la conexión. Y, en ese sentido, las “cuentas pendientes” que el otro te muestra, son el síntoma infalible de que no estás a punto.
¿Qué hacer, en tal caso? Jesús te lo indica: ve a reconciliarte con él. Tal vez te rebeles argumentando que tú no le has hecho nada, que de ti no ha salido ofensa hacia él que exija ser reparada. Pero no es ésa la cuestión. Lo que Jesús advierte ahora es que en ti existe una disfunción que el otro denuncia con su demanda, y que sólo establecerás tu necesaria armonía realizando el gesto externo de acercamiento a él abierto de corazón, igual que si en verdad tuvieras con él una deuda. Eso es lo que te enseña Jesús. El otro, el que se muestra ofendido o te requiere no lo hace por él mismo, sino por ti, aunque tampoco él sea consciente de la dinámica. Por eso, no te sorprenda su reacción ante tu visita; no te perturbe el constatar luego que mantiene su misma actitud de agravio tras haber acudido tú a él en actitud reparadora. Que nada de eso te inquiete, pues él no ha aparecido en..."
"Esto es lo que Jesús advierte a los futuros caminantes cuando dice: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo que todo el que se enfade contra su hermano, será reo de juicio” (Mt 5, 21-22). Antes, cuando actuabas desde un nivel de conciencia más bajo, el simple hecho de “no matar” te hacía sentirte dentro de la Ley. Y esa certeza no se alteraba aunque te enemistases con alguien, puesto que el techo de tu implícita exigencia al obrar se situaba en “no matar”.
Ahora, en cambio, lo que te dice Jesús es que aunque no mates a nadie, si te enemistas con tu hermano (tu prójimo), surgirá en ti el íntimo malestar que denuncia tu igualmente íntima desaprobación —o juicio— de tu conducta. Antes —repito— sólo podías sentirte así en el supuesto de que matases —acción que constituía la transgresión de la Ley—, pero ahora lo experimentas igual con tan sólo enemistarte. ¿Qué ha sucedido? Pues sencillamente que en ti se ha despertado una sensibilidad que antes no tenías, posibilitándote el poder captar matices más profundos de la Ley. Y como resultado de esa mayor conciencia también se hace mayor tu compromiso, sintiéndote obligado a precisar mucho más tus acciones; a medir mucho más tus pasos; a ser mucho más exquisito en tu obrar."

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