Se trata de una novela, de las primeras de Jodorowsky, de corte inequívocamente surrealista, a pesar de su –agradecida– linealidad.
Jodorowsky se retoza en una prosa profusa, tornasolada
de abundantes –para un lector enjuto diríase que excesivos–
adjetivos, declamando verbos cuya inusitada singularidad imposibilita
su lectura sin un diccionario o un asesor de IA a mano. (Acezosos, chisguete, nimbo, canoro, vestón, légamo, parvada, quilto, egregio, belfo, batahola, morfar, conscripto, estíptico, ósculo o caprina, por citar algunos)
La trama, eso sí, goza de una linealidad mínima: unas centésimas de grado menos y asistiríamos a un ejercicio literario caótico, una amalgama de sucesos inconexos y de delirios simbólicos del de Tocopilla.
Sin embargo, este pequeño hilo conductor nos desliza a través de las peripecias de un grupo de fracasados, buena parte de ellos pretenciosos –parece que arquetipo de personaje más gustoso al autor– que navegan desde la miseria a la gloria, transitan desde la vergonzosa materia al sublime espíritu, en este vaivén polar al que ya nos tiene acostumbrados el autor, también con sus tratados sobre los símbolos del tarot.
Un grupo de inútiles va construyendo,
sobre sus propios fracasos y con las herramientas que el destino les
ofrece, un recorrido desde la más anónima de las mediocridades
hasta la más legendaria de las exaltaciones míticas. Algunas
referencias a papá y mamá y a los complejos de los no amados, al
trauma como fuente y motor de todo peregrinaje, no faltan, como
siempre en el ideario del autor, en sus biografías.
Los
personajes sufren y gozan, ritualizan hasta el paroxismo divino sus
lúgubres cotidianidades, y provocan descensos súbitos del espíritu
a la sofocante materia.
De vez en cuando, aparecen elementos
surrealistas, quién sabe si por afición del autor o a modo de Deus
ex machina, que le permitan al amigo hilvanar sus excentricidades en
una historia asible para la razón humana.
Se trata de un periplo
que, a pesar de su disfraz surrealista, repite con bastante fidelidad
el mito del viaje del héroe, esquema ya experimentado hasta la
saciedad en novelas de aventuras y guiones de cine.
Jodorowsky
utiliza nimiedades como símbolos de grandilocuencia. Uno de sus
méritos y algo que me gusta bastante de él es su capacidad para
poetizar hasta lo ridículo, y la maleabilidad con la que emplea
conceptos y valores tradicionalmente estáticos. En ese sentido sí
puede considerársele terapeuta –como él afirma serlo en tanto que
psicomago–, depositando significados nuevos que liberan los
conceptos de su vibración negativa, abiertos a nuevos significados.
En suma, 450 páginas llevaderas, no te atrapan irremediablemente ni te sumergen en el obstinado tedio del lector obsesivo con terminar aquello que empieza. Simplemente se dejan leer, con el inconfundible sello surrealista-mágico-psicoanalítico-simbólico al que nos tiene acostumbrados el autor.
El significado del título, al concluir la novela, sigue indefinido, abierto y sujeto al libre albedrío del autor. Al menos a mí es lo que me ha parecido.
Puntuación: 7/10
Fragmentos:
"Ningún deceso más importante que el suyo, ninguna catástrofe más grande que la de perderse a sí mismo. Un verdadero escritor necesitaba sentimientos de periodista, es decir, ninguno. "
«Si sientes el desprendimiento, todavía estás ahí.»
Vals del payaso Piripipí
¿Para qué sigo? Las matanzas forman parte de nuestra tradición. El escudo nacional lo proclama: «¡Por la razón o la fuerza!». Además, para que cesen definitivamente de atormentarse, redde Caesari quae sunt Caesaris, el culpable soy yo porque eduqué a Laurel. ¿Cuántas tardes en el café Iris, después de la Academia Literaria, hablamos de la Subida al Monte Carmelo o de la Imitación de Cristo? Fui yo el que le mostró el archivo etnológico sobre la tradición araucana, las obras de la Blavatsky, el Tratado de la unidad de Ibn ‘Arabi, la Pistis Sophia y la Filocalia. Por mí supo del Zohar y del Dogma y ritual victoriano.

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